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CHICHE GELBLUNG: Fallece el reconocido periodista Argentino con 82 años


Samuel "Chiche" Gelblung falleció este miércoles a los 82 años, dejando tras de sí una de las carreras más extensas, influyentes y controversiales del periodismo argentino. Su muerte, ocurrida en el Sanatorio Los Arcos del barrio porteño de Palermo, marca el fin de una era en los medios de comunicación del país, donde supo dejar una huella imborrable a lo largo de más de cinco décadas de trabajo ininterrumpido en prensa escrita, radio y televisión.

El deceso se produjo durante la mañana del 9 de septiembre, luego de que el periodista fuera ingresado el martes por la mañana a causa de un cuadro respiratorio que complicó su ya delicado estado de salud. La triste noticia fue confirmada a Infobae por sus familiares más cercanos, quienes estuvieron acompañándolo en sus últimos momentos. Esta era la cuarta internación que Gelblung atravesaba en lo que va del año, una muestra de los persistentes problemas de salud que lo aquejaban, pero que jamás lograron disminuir su pasión y compromiso con el trabajo periodístico, ya que se mantuvo activo y al frente de sus proyectos hasta prácticamente sus últimos días.

Nacido en 1944 en el seno de una familia judía de clase media en el barrio porteño de Villa Devoto, Gelblung forjó una personalidad arrolladora que lo llevó a convertirse en un protagonista central de la historia mediática argentina. Su estilo directo, mordaz y sin concesiones, junto con una capacidad innata para innovar en diferentes formatos, le permitieron dirigir revistas emblemáticas y conducir programas de televisión que marcaron época y generaron debates eternos en la sociedad.

Su infancia estuvo lejos de ser sencilla. El apodo de "Chiche", que lo acompañaría toda su vida, surgió, según solía contar con humor, porque de bebé era "tan lindo" que todos lo consideraban el "chiche" (el mimo, el consentido) de la familia. Sin embargo, su hogar era un escenario de constantes tensiones ideológicas y mandatos familiares rígidos. Sus padres, Berta Kagan (quien luego cambiaría su apellido a Cohen) y Alfredo Gelblung, un industrial del cuero, eran militantes políticos clandestinos que vivían con el temor de ser perseguidos por el gobierno de Juan Domingo Perón. A esto se sumaba el fanatismo religioso de su abuela materna, que generaba un clima de conflicto permanente. "Todos los días, a la hora de la siesta, mi abuela se ponía a rezar y a llorar durante dos horas. Era muy religiosa y le decía a mi viejo: 'Vos tenés la culpa de esto', porque él era comunista", recordaba el propio Gelblung, describiendo un ambiente que consideraba "insoportable". Esta presión lo llevó a tomar una decisión drástica: abandonar su casa a los apenas 14 años.

La vida fuera del hogar paterno fue un desafío inmediato. Consiguió refugio en un depósito de huevos y, sin haber terminado la escuela secundaria, se dedicó a una serie de oficios informales y a la venta ambulante para subsistir. Esa adolescencia precaria y su temprano contacto con el mundo adulto se vieron marcadas por la tragedia, al perder a dos amigos de la infancia en episodios violentos, un hecho que él mismo señaló como el final definitivo de su niñez. A pesar de su juventud, la responsabilidad familiar también recayó sobre sus hombros cuando su hermana menor, Olga, de solo 8 años, quedó bajo su cuidado tras el exilio de su hermano mayor a Uruguay. "La crié yo… fuimos amigos hasta el final", solía decir con profundo afecto, y su dolor por la muerte de ella durante la pandemia fue un tema recurrente en sus últimas apariciones públicas, como cuando en un programa de Polémica en el Bar confesó: "El otro día marqué su teléfono. Lo tengo en el listado y dije 'la voy a llamar' pensando que estaba viva". La relación con sus padres también fue compleja; de su madre destacaba su intuición casi sobrenatural y de su padre, una frialdad afectiva que lo marcó. "Mi viejo murió a los 86 años y creo que seis meses antes de morir fue la primera vez que me pudo decir 'te quiero'", confesó entre lágrimas en una entrevista, revelando una herida profunda que lo acompañó siempre.

Fue esa sed de independencia y su curiosidad innata lo que lo llevaron al periodismo. A los 16 años, gracias a su desempeño como vendedor de la Enciclopedia Británica, obtuvo un viaje a Europa que le abrió la puerta a un mundo de posibilidades. Sin embargo, su entrada formal al oficio fue tan audaz como su personalidad. Con el secundario incompleto, falsificó un título con la ayuda de un sacerdote jesuita para poder ingresar a una escuela de periodismo. Su astucia le permitió colarse en las redacciones más importantes, y en 1966, a los 22 años, logró entrar como pasante en Editorial Atlántida. Su primer gran golpe no se hizo esperar: se infiltró en una reunión privada con el expresidente Arturo Illia, una primicia que lanzó su carrera. Su jefe en aquel entonces, Raúl Urtizberea, le dijo una frase que siempre recordaría: "No sé si te irá bien en la letra, pibe. Pero vos tenés la música".

A partir de ahí, su carrera fue un ascenso imparable. En sus inicios, firmaba notas sensibles bajo el seudónimo de Mariano Ovejero, y su espíritu aventurero lo llevó a cubrir conflictos internacionales como la Guerra de los Seis Días. Incluso tuvo un breve paso como cantante de tango en el mítico local La Botica del Ángel, hasta que sus jefes de la editorial lo vieron y le dieron un ultimátum: el tango o el periodismo. "Ganaba más como periodista, así que ahí terminó mi carrera como cantante", explicaba con su característico sentido del humor. Su consagración llegó como director de las revistas Gente (entre 1975 y 1981) y La Semana en los años 80, donde apostó a la audacia y la creatividad, desarrollando investigaciones sociales empíricas y defendiendo un estilo que no rehuía al sensacionalismo, sino que lo celebraba.

El salto a la televisión se produjo relativamente tarde, a los 50 años, algo que él mismo consideró una bendición. Figuras como Alejandro Romay confiaron en él y le permitieron desarrollar un periodismo de alto impacto en ciclos como Memoria (Canal 9), que marcó época por sus investigaciones osadas y su estilo narrativo que desafiaba los límites entre la crónica y la ficción. Su fama creció y se consolidó en los años 90, y su presencia se extendió a la radio, donde pasó por las emisoras más importantes del país, y a la creación de portales digitales como Minuto Uno, demostrando una capacidad de adaptación a los nuevos tiempos que pocos colegas poseían. Incluso a los 79 años, viajó a Ucrania para cubrir la guerra, reafirmando su mantra: "Hay que estar donde hay que estar".

Su vida personal fue tan intensa como su carrera. Su relación con la modelo y periodista Cristina Seoane fue un pilar fundamental durante casi medio siglo. Se conocieron en la redacción de Gente, cuando ella estaba casada, y su historia de amor atravesó infidelidades, escándalos y rupturas, hasta que finalmente se casaron en 1977. De esta unión nacieron sus tres hijos, Maggie, Mary y Federico, quienes le dieron siete nietos. Gelblung, quien se definía como un "infiel serial", siempre reconoció que por Seoane fue el único amor por el que luchó y que ella era su "equilibrio". "El amor, la base de absolutamente todo, tiene el poder de anular cualquier peligro", solía decir, refiriéndose a la fuerza de su vínculo.

En sus últimos años, y a pesar de sus problemas de salud que incluían sepsis, neumonía e insuficiencia renal, Gelblung se mantuvo vigente al frente de su programa en Crónica TV. Su labor fue reconocida con el premio Martín Fierro de Cable 2025 al mejor programa de magazine, una ovación que recibió junto a su esposa y que fue uno de sus últimos grandes momentos de gloria. Al recibirlo, evocó a El Eternauta con una frase que lo definía: "Lo viejo funciona, Juan". Fiel a su espíritu, siempre dijo no tener miedo al trabajo ni a los desafíos, y confesó su deseo de vivir 200 años y su sueño de viajar a la luna, inscribiéndose como voluntario en la NASA. "Uno tiene la edad de sus proyectos", sentenciaba.

Chiche Gelblung deja un legado inmenso en el periodismo argentino. Fue un innovador, un provocador y un apasionado que marcó a generaciones de periodistas y espectadores. Su vida, llena de luces y sombras, de éxitos y polémicas, queda como un testimonio de una época dorada de los medios y como un ejemplo de que la curiosidad y el hambre de contar historias pueden vencer cualquier adversidad.
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